El magisterio periodístico de Héctor Borrat

HectorArticleChillón

Héctor Borrat, maestro de maestros

A los afortunados que alrededor de 1980 recibimos su impronta en la Universidad Autónoma de Barcelona, casi recién llegado de su Uruguay natal después de que lo encarcelase la Dictadura, nos viene sin esfuerzo a las mientes el gesto y la voz del entonces quincuagenario Héctor Borrat Mattos (Montevideo, 1928), el entusiasmo y la desafectada elocuencia con la que desgranaba sus clases en una Facultad de Ciencias de la Información que reunía estudiantes de distintas edades provenientes de todas las Españas, amén de un claustro docente mayormente compuesto por PNN marxianos o marxistas, un nutrido contingente de sociatas y algún verso suelto anarco-situacionista. El ferrocarril no alcanzaba todavía el corazón del campus, y muchos nos apeábamos en la recoleta Bellaterra y atravesábamos a pie una Ruta Ho-Chi-Minh orillada de pinos, robles y genista, cuyo apodo evocaba aquel espíritu rojo, antiimperialista y un punto libertario que a la sazón señoreaba los aularios de hormigón y el verdor de los descampados.

Políglota, socialcristiano de izquierdas e intelectual heterodoxo y cosmopolita, diez y hasta veinte años mayor que la media de sus colegas, Borrat traía consigo un aire sugestivo y desconcertante a la vez, una sólida formación académica labrada en su país –ya era doctor en Derecho y Ciencias Sociales– que manejaba con restallante facundia y conjugaba con una fe discreta que definía como “quemante curiosidad por Cristo”. Ningún tópico casaba con aquel hombrón bonhomioso, cultivado y sagaz tras cuyas ironías compasivas, pupilas chispeantes y acogedora carcajada se intuía esa clase de llana bondad que delata la auténtica inteligencia, como Camus dejó escrito en sentencia preclara. Faltaba un año apenas para el desplome de la UCD y el 23-F, a los que Borrat dedicaría disecciones impecables, y los jovenzanos que aguzábamos bolis y oídos ante la tarima que realzaba su estatura adivinábamos también, más allá de su indeclinable cordialidad, un pasado poco menos que legendario, esa otra vida que había apurado allende el charco hasta que “el Uruguay chocó de golpe consigo mismo”, y el asedio de la dictadura de Bordaberry lo empujó al exilio en España.

Durante los años sucesivos, en el curso de encuentros informales, su gentil simpatía nos abrió escotillas a aquel ayer que él evocaba sin mitificarlo, aunque a muchos nos costara despojarlo de un manto épico que hilvanaba a Allende con el Che, a Mercedes Sosa y Víctor Jara con Onetti y los Tupamaros y las venas abiertas de Galeano. Así averiguamos que había sido técnico en jurisprudencia en la Corte Suprema de Justicia, redactor en Radio Ariel, director de la revista Víspera y ante todo miembro destacado del semanario Marcha, en el que –reclutado por Carlos Quijano, su admirado fundador– había empezado escribiendo críticas de cine antes de cultivar a fondo la política internacional, hasta que la Dictadura clausuró la cabecera y metió a Quijano y al propio Borrat entre rejas.  Cuarenta años después, cuando en 2012 recibió el Premio Extraordinario de Comunicación Blanquerna, glosaría las dos pasiones conexas que durante esa primera mitad de su adultez resumió en un puñado de libros: por un lado, la que le impulsaba a descifrar el laberinto de su continente natal ––“los latinoamericanos éramos y seguimos siendo incógnitas para nosotros mismos”––; y por otro, la que nació de la devota lectura de Borges y de los Evangelios en sus amadas playas de Montevideo, esa que le movía a indagar en pos de “la incógnita del reino de Dios y de la Jerusalén celeste, la del reino que vendrá, la de las bienaventuranzas, la que hermana a cristianos de muy distinas confesiones”.   Obras como Terra incógnita (1970), La croix au sud (1970), Pasajero en tránsito (1976), El imperio y las iglesias (1973) y La svolta (1979) dan testimonio en tres idiomas distintos de tales pesquisas.

El viaje en barco que lo trajo a Europa coincidió con la lenta agonía de Franco, que al parecer expiró a la altura de Canarias; y por fin, días después, Borrat atracó en el puerto de Barcelona, “mi lugar preferido de siempre en España”.   Entonces comenzó su segunda vida, de la mano de Lorenzo Gomis y Roser Bofill, quienes además de acogerle de modo “inolvidable” le pusieron en contacto con el profesor Miquel de Moragas, uno de los fundadores de los estudios de comunicación en España y de la correspondiente Facultad, sita en Bellaterra.  Incorporado a su claustro docente a instancias de Moragas, resulta fácil imaginar el entusiasmo que suscitarían en Borrat las bibliotecas y aulas de la UAB, la ebullición que Barcelona y el país entero experimentaban. Llegaba al acmé de su madurez en la Cataluña y la España que emergían del Franquismo, un hombre solo y sociable –excelente conversador e impenitente curioso– que en seguida tejió una red de amistades tupida.  Al poco, visto que las autoridades españolas le denegaron la convalidación de su doctorado austral, Moragas se prestó a firmar su segunda tesis, que defendió en 1988: El periódico como actor político: propuestas para el análisis del periódico independiente de información general.  Monumental por su extensión y su calidad, la investigación sancionó lo que tantos sabían:  Borrat era un maestro cabal, dueño de un pensamiento singular forjado en el doble yunque de las añejas Humanidades y de las ciencias sociales modernas, que aplicaba a la explicación sistemática del campo periodístico con renovador e insólito brillo. Pseudodisciplina ubicua en las Facultades del ramo, la sedicente –e indigente– Redacción Periodística estaba siendo transformada a la sazón por una generación de investigadores bastante más jóvenes que un Borrat ya sexagenario, persuadidos de que el periodismo y la comunicación merecen ser abordados con un rigor parejo al que se aplica a otros campos de estudio. Pero su tesis, dechado de exigencia y erudición, supuso un punto de inflexión, un hito que ningún investigador serio podría en adelante ignorar. De esa matriz salieron sus obras de madurez, entre las que destacan El periódico, actor político (1989) y Periódicos:  sistemas complejos, narradores en interacción (2006), coescrita con Mar de Foncuberta.  Y así mismo, en buena medida, buena parte de los artículos, clases y conferencias que Borrat legó desde los años noventa: primero en la UAB, hasta su jubilación, y luego en la Universidad Ramon Llull, que gracias a los buenos oficios de Miquel Tresserras lo incorporó como emérito y tuvo el mérito de rendirle homenaje.

Colaborador habitual de El Ciervo, cultor de un periodismo comparado –y de un fervor por las posibilidades comunicativas del ciberentorno– del que dejó asidua muestra en su blog Kairoi, el discreto adiós de Héctor Borrat se entrevera ahora y aquí con el verso de Emily Dickinson: “We never know where we go when we are going”.  Los que lo tratamos lo tendremos de por vida presente, hasta que sin saberlo hagamos mutis también.

Albert Chillón és professor, escriptor i director del Departament de Mitjans, Comunicació i Cultura de la UAB

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